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Filosofia del ministerio

Qué significa ser llamado

 A manera de cuestionario quisiera contestar algunas preguntas básicas que se hacen en cuanto al ministerio.


¿Qué implica ser un ministro del Señor Jesucristo?


De la multitud que le seguía, Jesús escogió a doce para que estuviesen con él y enviarlos a predicar, Marcos 3:13-14. Ellos estaban a su lado y él les comunicaba su voluntad y los capacitaba para llevar a cabo su plan, que era esparcir la semilla del evangelio por todo el mundo y así, edificar su iglesia. Ser llamado al ministerio, significa, no sólo gozar la salvación y ser parte de la iglesia, sino también,  tener la responsabilidad de servir a Dios con integridad  para manifestar su amor a todos los hombres.


Por esa razón, el apóstol Pablo se mantenía agradecido al ser puesto por el Señor en el ministerio,   1 Timoteo 1:12. Exhorta a Arquipo a cumplir con el ministerio que recibió del Señor, Colosenses 4:17.


El llamado al pastorado y responsabilidades:


De los cinco ministerios que el apóstol Pablo señala en Efesios 4:11; el pastor es responsable directo delante de Dios de cuidar las ovejas de ese rebaño que llamamos: iglesia local. Debe alimentarlas, esto es, enseñarlas en la predicación y el estudio de las escrituras, y aquí radica una de las cosas más importantes de su labor. Por esta razón, el buen pastor dedica tiempo cada día a la oración y el estudio de las escrituras, con el fin de preparar el alimento ideal para el crecimiento espiritual de la grey. Pedro mismo habla de la oración y el estudio de la palabra, como algo prioritario en aquel que es llamado por Dios  al ministerio, Hechos 6:1-2.


Estar a cargo de la iglesia es una experiencia alentadora, por cuanto somos testigos directos del proceso que Dios utiliza para levantar su iglesia. Las almas vienen a Cristo, tienen que ser formadas en la doctrina básica, esto es, recibir  los fundamentos de su vida cristiana, según 1 Pedro 2:2; van creciendo en amor y servicio para con el Señor, participan de la comunión unos con otros y experimentan cada día su misericordia y amor.


El pastor cuida el rebaño, y este cuidado incluye la consejería con el fin de dar seguimiento a la formación que cada creyente necesita; también es importante la visitación con el fin de relacionarse con cada uno y conocerles a fondo, unido a esto, es imperativo mantenerse orando por todos constantemente.

En la oración de Jesús en el Evangelio de San Juan 17, se nos muestra varias cosas importantes en lo que se refiere al ministerio pastoral:


1. “Te he glorificado en la tierra: V.4. El ministro saca tiempo para adorar y glorificar a Dios en secreto, aquí radica nuestra fortaleza espiritual, nuestra motivación interna y el fluir en amor por todo lo que realizamos.


2. “He manifestado tu nombre a los que me diste”, V.6. Debemos hablarles constantemente del poder de Dios, de su amor y de propósito para con cada persona. La palabra de Dios debe estar en labios del ministro de constante, con el fin de edificar a las ovejas y formarles en la voluntad divina.


3. “Les he dado tu palabra”, v.7-8. De nuevo la importancia de presentar la palabra de Dios a cada creyente.


4. “Y por ellos yo me santifico”, V.19. El ministro del Señor debe de ser íntegro en todo sentido de la palabra; pues el ejemplo es su mayor recurso para la formación de la grey de la cual es responsable.


5. “No ruego solamente por éstos, sino  también por los que han de creer”, v.20-21. Intercedía por ellos y por los que habrían de creer en el futuro. La iglesia no es solo la iglesia del presente, es la iglesia del futuro, es la iglesia que crece y alcanza a los necesitados, Hechos 2:47; y en nuestra oración clamamos por los que tenemos y luego, pedimos para que el Señor añada los que han de ser salvos. La iglesia debe estar lista para que Dios pueda confiar a los que han de creer; para ello se necesita un ambiente de amor, de gozo y actividades que puedan llegar al corazón de todos y conmoverlos.  De ahí que si  logramos que los miembros se interesen sinceramente unos por otros y anhelen la salvación de los demás, vamos a tener una iglesia comprometida que será usada por el Señor.


6. “Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad”,


v.23-26. Jesús clama y busca la unidad de sus discípulos. Mientras la iglesia se mantenga en amor y unidad, solidarizados unos con otros, habrá avivamiento y alegría y, como planteamos en el punto anterior, los que han de ser salvos se acercarán y serán parte de ese mover de Dios.

La vida del Buen Pastor descrita en  este capítulo es un modelo que debemos seguir para honrar a quien nos llamó a servirle. El éxito de nuestro trabajo depende de la forma como nos comportemos en diferentes áreas:


1. Con Dios


Todo pastor debe haber tenido un encuentro con Jesús. Los hombres que le sirven tienen que haber sido impactados por él y llamados al ministerio.  De hecho, podrá haber uno que otro que no le conoce, que  carece de vocación ministerial y que busca una posición en la obra de Dios; pero más que capacidad intelectual; el hombre de Dios es aquel que ha sido tocado en su corazón por él y ama al Señor con todas sus fuerzas.

Jesús llamó a los suyos para que estuvieran con él y enviarlos a predicar. Marcos 3:14;  la prioridad es estar con él, y luego servirle. Todo ministro debe estar completamente convencido de que su gran responsabilidad es vivir para Dios y estar en constante comunión con él. En Juan 15, Jesús  dice que es la vid verdadera, su Padre es el labrador y nosotros somos los pámpanos. Si permanecemos en la vid, tenemos vida y daremos frutos; si nos desprendemos de la vid, seremos estériles, Juan 15:1-4.

Nuestra relación con Dios es la prioridad para que todo marche bien, en nuestra vida, en la vida de los que nos rodean y en el desarrollo de la iglesia.


2. Conmigo mismo


El concepto que tenemos de nosotros mismos es importante. Cierto es que Dios es el primero, y dependemos de él en todas las cosas; como se señala anteriormente:   ” Separados de él, nada podemos hacer”, pero es importante que quien le sirve a Dios sepa lo que es en Cristo Jesús.

El pastor debe entender que si fue llamado por Dios, será respaldado por él y podrá alcanzar el plan divino para el lugar al que ha sido encomendado. La autoridad del Señor está en nosotros; por esa razón, no debemos temer, ni dar lugar a los obstáculos que se presentan para detener lo que se está desarrollando.

Si Dios nos llamó, no estamos solos,  jamás un hombre del Señor ha sido abandonado por él. Dios llamó a Abraham y le fortaleció cada instante de su vida, Dios llamó a Moisés y lo respaldo ante Faraón y ante aquel pueblo difícil que tuvo que guiar por 40 años, Éxodo 3:16-17; luego, al morir, Dios llama a Josué y le promete que como estuvo con Moisés estará con él, Josué 1:1-5.  De la misma forma respaldó a David, luego a sus ministros en el Nuevo Testamento y afirmó que estaría con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, Mateo 28:18-20.

De ahí que el concepto que tenemos de nosotros mismos en cuanto al llamado que hemos recibido, es muy importante para el éxito de nuestra labor. No podemos descuidar nuestra confianza en él que nos ha llamado, ni apartarnos de él un instante, ni dudar que somos los comisionados para realizar la tarea que realizamos; cierto es que estamos limitados como humanos y que somos tan solo vasos de barro, 2 Corintios 4:7-12; pero no debemos permitir que nuestra confianza se debilite y dar así lugar a pensamientos negativos y sentimientos de desestima que buscarán derrotarnos en nuestro llamado.

El ministro del Señor debe mantener una condición óptima para el desarrollo de sus responsabilidades. Si el atleta se prepara con anticipación para realizar un buen papel, cuanto más como ministros, necesitamos una condición óptima para desempeñar el nuestro. El descuido espiritual trae como consecuencia el desánimo, la pereza, una vida pasiva que no da fruto y pronto tendremos una iglesia desmotivada y sin ganas de alcanzar algo para Dios.

Para ello, debemos llevar una vida disciplinada en las siguientes áreas:

a. La oración.


Jesús era un hombre de oración. Marcos 1:35-37, Lucas 11:1, Juan 17:1, Mateo 26:36.

San Pablo es un ejemplo de una vida de constante oración.
Romanos 1:9-10,  1 Corintios 1:4, Efesios 1:15-16.

Cada día el ministro debe de sacar tiempo para orar. Necesita adorar al Señor y darle gloria, necesita clamar por el rebaño que está a su cuidado, necesita buscar la dirección de Dios en todo lo que hace, necesita de su respaldo y recibir la motivación interna que se requiere para hacer la obra del Señor.

Sin oración estas cosas no se darán y, por lo tanto, las otras cosas no funcionarán bien ni tendrán el efecto que se desea.

b. Meditación constante de la palabra


No porque estamos en el ministerio, ya no necesitamos leer la palabra y estudiarla, al contrario, es ahora cuando debemos escudriñar con detenimiento la Biblia y preparar cuidadosamente el alimento espiritual que ofrecemos a la iglesia.

El estudio de la palabra trae motivación y aliento a nuestro corazón y el pastor debe sacar tiempo para meditar en el mensaje escrito de Dios.

c. Formación intelectual


El ministro debe de estar actualizado en muchas áreas:

a. Con la realidad del mundo en el que vivimos.


Debemos dar respuesta a quienes nos la demanden de las cosas que hoy enfrenta nuestra sociedad. Para ello, es necesario leer mucho, estar suscrito a algún periódico, ver algún noticiero, y recibir algunas revistas de actualidad que nos mantengan al día con lo que sucede en el pueblo donde vivimos y con el mundo en general.

Esto nos permitirá conocer las corrientes de pensamiento que circulan en la actualidad y, de esa forma, dar respuesta a los interrogantes que plantea la grey en cuanto a lo que está sucediendo.

b. Tecnológicamente.


Estamos en la era de la informática; tanto la computación como el Internet son recursos indispensables para realizar nuestra tarea y cumplir nuestra responsabilidad. El ministro debe utilizarlos en bien del llamado que ha recibido.

c. Relación con otros ministros.


Compartir con otros ministerios nos ayuda en la fortaleza que recibimos unos de otros, en lo que podemos aprender de los demás y en lo que podemos aportar, en el consejo que podemos recibir cuando lo necesitamos y en darnos cuenta de que, así como nosotros, otros consiervos enfrentan las mismas adversidades y reciben las mismas bendiciones. Debemos cultivar la relación con nuestros hermanos con el fin de enriquecernos mutuamente y orar unos por otros, Romanos 12:3-7. 

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